martes, 19 de junio de 2012

ESTABA FRENTE A MÍ

            La siguiente narración ocurrió en la calle Aldama, Alias “El Canelillo”. En la casa de Don Margarito Alonso, a un lado vivía doña Luisa Contreras, señorita mayor que luego casaría con don José Jiménez, doña Luisa vivía con otra señorita de nombre Lina quien padecía de una de sus caderas y claudicaba al caminar. Enfrente vivía don Melquiades Arreola, esposo de doña Victoriana. Doña Luisa y Lina “enseñaron” a mi madre de 17 años quien apenas había dejado las muñecas como alimentar a un recién nacido, (por lo que recibí caldo de frijoles “de la olla” varios meses en vez de leche materna,  misma que se había “secado”,  ella desconocía  cómo alimentar a su primer vástago). 
Cuando ya tenía 5 años de edad, en la cocina sentado en la pequeña silla cenaba leche con un pan semita, a mi derecha la minúscula estufa de petróleo con dos quemadores, a la izquierda, la vieja mesa redonda de madera con tres sillas, pasaban las diez de la noche, mis padres atendían a mi hermano, fui el primogénito, ellos se encontraban en la recámara que estaba a la entrada de la angosta casa, había sólo una cama desvencijada, una cuna color azul y el ropero, el dormitorio se comunicaba con la cocina por un estrecho pasillo de tierra de metro y medio de anchura, a la derecha (entrando por la calle) existía un cuarto (más bien parecía covacha) de dos por dos, su altura era considerable, ahí almacenaban trebejos, en su parte superior, había un tablado de cinco maderas a modo de tapanco, donde guardaban unas cajas, también se alcanzaba a ver la esquina de un vetusto pero fino baúl negro, preguntaba a mi madre sobre su contenido pero decía que era de los dueños y que no deberíamos de hurgar cosas ajenas. Después de la cocina había una huerta donde estaba una pileta con su lavadero, también el sanitario, una tabla de madera con varios agujeros redondos de diferentes tamaños, era el WC, la fosa séptica, no había drenaje, este cuarto de madera, estaba rodeado de guayabos, nísperos y colorines, era una casa vieja de adobe, antes de rentarla mi padre, había permanecido sola mucho tiempo, las vecinas hablaban de aparecidos, pero a mis progenitores les apremiaba la necesidad y no les importó si había espectros o no por lo accesible de la renta, pero durante el tiempo que permanecimos ahí, ocurrieron cosas extrañas, el dormitorio y el pasillo estaban separados por una puerta de madera que invariablemente cada noche se cerraba con llave para evitar la “entrada” de los fantasmas, todos los sucesos extraños, ruidos y otras manifestaciones sobrenaturales, ocurrían en la cocina, no había quien saliera por la noche al baño y se utilizaba una despostillada bacinica blanca que siempre se vaciaba hacia la calle  =Fíjate que no venga nadie”= decía mi madre esparciendo los pajizos líquidos, nunca comprendí porqué a la calle y no a la huerta. Esa noche sería muy marcada en mi existencia, en cuestión alimentaria y en un drástico despertar sensorial, “sopeaba” escandalosamente mi semita en la suculenta leche aún de vaca de establo, ya ingería mi segundo pan y no me importaba escuchar las risas  de mis padres desde el dormitorio, que habían dado inicio a su encuentro amoroso de la noche, cuando a lo lejos percibí el fuerte ladrido de los perros, no les presté mucha atención, luego fueron aullidos, fue cuando noté que se me erizaban los cabellos al transformarse los ladridos en llanto lastimero, sentí un hilo de agua helada por la nuca, la piel se me puso chinita, los cabellos de la cabeza estaban tiesos hacia arriba, el foco del 50 daba un matiz siniestro al ambiente, más cuando los perros callaron, el aire se volvió muy pesado, dejé de comer, mis padres no notaron nada, tal vez por el embeleso del momento, quise ir hacia ellos, mis manos estaban crispadas, las piernas no me respondieron, quería gritar tampoco pude, percibí un malsano presentimiento, algo terrible iba a pasar, todo quedó en silencio, me cobijó un sutil pero heladísimo viento, únicamente a lo lejos percibía el respiro agitado de mis progenitores, un siseo casi imperceptible me hizo voltear hacia la puerta que daba al huerto, fue cuando la vi entrar… de manera pausada, marcando sigilosamente su tiempo, hizo su espectral aparición, suspendida en el aire a casi un metro de altura, iba vestida de negro, con un elegantísimo vestido de licra, el velo doblado hacia arriba que descansaba en un gran peinado tipo chongo, las manos las cubría con guantes blancos, la cara no era espectral, más bien hermosa pero el color, ese blanquísimo color que nunca voy a olvidar, como si a la blanca harina le hubieran agregado mas blanqueador, de un blanco inexplicable (lo que me hizo aborrecer la leche para siempre, hasta la fecha después de cincuenta años no la ingiero) su mirada, era una mirada profunda, nunca dejó de ver directo a mis ojos, no me permitió pestañear ni ella lo hizo, sus parpados bien delineados de negro, no tenía pestañas, supe que estaba muerta, porque no respiraba y sus globos oculares opacos carecían de brillo, eran verdes con un orificio profundo e interminable en cada pupila, silenciosa, lentamente se fue acercando, suspendida siempre en el aire, parecía estar hincada, el lúgubre silencio me asfixiaba, no abría la boca y sus ojos dominaban los míos, así fue hasta que estuvo a menos de veinte centímetros de mi cara, lo que me hizo percibir un penetrante olor característico, era leche tipo jocoque… muy fétido, lo que me provocó náuseas, no vomité, seguía mirándome y yo a ella, fue un instante perpetuo, creo que así es la eternidad, el tiempo se detuvo, dejé de sentir mi cuerpo, perdí sustento, entonces entreabrió sus helados labios pegándolos a los míos, no emitió sonido alguno, sentí que succionaba “algo” de mi boca, para ese instante ya no tenía miedo, cerré los ojos cayendo en un profundo sueño, fui trasportado a un lugar extraño, a un diáfano y florido jardín de colores insólitos e inimaginables, que a pesar de recordarlos perfectamente aún hoy son desconocidos para mí, no tengo palabras para definir aquel edén, al momento tomé vida en ese lugar, no tocaba el piso, viajaba suspendido en el aire, viendo la inmensidad del paradisiaco valle, volaba libre de un lado a otro… quise responder porque alguien habló, a lo lejos escuché mi nombre, giré la cabeza para ubicar su procedencia, uno, dos, tres fueron los gritos de mi papá, intentaba no hacerle caso, quería permanecer y quedarme ahí, pero regresé de nuevo, de aquel maravilloso éxtasis en el Paraíso, retorné a la macabra realidad, aún estaba frente mí la mujer de fuliginoso color, noté que en su faz portaba un nombre con letras desconocidas en latín creo, del que solo recuerdo una  ye y una e, entonces solté el llanto desaforadamente, lo que provocó que la extraña aparición se diera vuelta parsimoniosamente, no desapareció, así pude ver la descarnada planta de sus pies, sí estaba hincada en el aire y salió por donde había entrado, llegó primero mi padre sujetándose el cinturón, después mi madre, no pude emitir palabras, únicamente les señalé con el dedo hacia la puerta por donde había salido aquel insólito ser, dirigiéndose ambos hasta la huerta lanzando exasperaciones y maldiciones para alejar al siniestro fantasma. Tiempo después nos mudamos de vivienda, llegaron otros inquilinos a la tenebrosa casa donde había vivido aquella terrible vivencia, las apariciones continuaron con ellos, luego se supo que los nuevos arrendatarios si habían removido  las cosas del misterioso tapanco que estaba en la covacha, encontrando el baúl negro lleno de monedas de oro.

“Los Fantasmas de Malpaso”. Páginas: 143 a la 146.
 José Antonio Humberto Vargas Alonso. Año 2012.

Prorrumpí  en esta vida un 22 de diciembre en la 1ª  de Ocampo # 46 (Hoy Melchor Ocampo # 266) a las 15:30 horas, el primero de quince gestaciones, los garabatos básicos los realicé con la maestra particular Paulita una señorita mayor que vivía casi enfrente del colegio Morelos, de la Primaria Constitución de 1917, ingresé a la Secundaria Nicolás de Régules, donde realicé mis primeros manuscritos públicos en el Periódico Mural que dirigía el Profesor José Antonio Gutiérrez Aguilar, posteriormente en el “Pionero” periódico que dirigía el Ingeniero Javier Ortega Trejo. En el estado de Zacatecas se redactaron:”Malpaso, mi pueblo cuenta su Historia, la Hacienda de Santa Rosa”, “El Charro Juárez”, “Don Fermín Apezechea (el Pichichea) compra la Hacienda en 1805”, “Malpaso. Una Hacienda de Real Abolengo” y recientemente “Los Fantasmas de Malpaso”. El 04 de febrero de 2012 fui nombrado Cronista.

Artículo publicado en el número 2 de la revista de junio


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