miércoles, 14 de noviembre de 2012




EL PAJARITO
Gabriel Aguilar Ramírez
publicado en el periodico Tacamba el 3 de nov. de 2012

El pajarito era un borrachín que se la pasaba siempre en la'agua y murió de una borrachera espantosa, bueno ni tanto, creo que esa borrachera le duró como cincuenta años. Siempre andaba como los políticos, con su círculo de amigos más cercanos, los únicos que lo podían seguir o que él seguía -sabrá dios-, los del escuadrón de la muerte. Tenía el pajarito una hermana. No se emocionen, era más fea que una tecuana, pero estimaba en demasía a su hermano borracho, por eso le prodigaba todas las atenciones cuando lo veía.

A la casa de su hermana llegaba el pajarito, luego de algún tiempo de no comer, -ya saben los que saben que el alcohol da todas las calorías necesarias para subsistir-, se estaba uno o dos días reposando mientras se le llenaba la tripa de frijoles y luego ya recompuesto, lo empezábamos a oír chiflar como jilguero en celo y ya sabíamos que se estaba preparando para proseguir la parranda.

Era conocido como el pajarito, por la forma de imitar el canto de los pájaros. Siempre, bueno y sano o borracho- era bien chiflador, gorgoreaba o gorjeaba las canciones de Pedro Infante, Javier Solís, y de José Alfredo Jiménez, menos las de Vicente Fernández ni de Juan Gabriel, “porque no le gustaba música de maricones”, eso decía, ignoro sus razones y yo no soy nadie para juzgar.

Pero todo tiene un límite y un día le dio por morirse en su tierra, allá en el rancho de Huatzanguio. El hígado no aguantó para más y reventó de tanto alcohol o sería que el cerebro se le secó de tantas desveladas o una tripa se le reventó de tanta risa o el hocico se le cerró de tanto chiflar, vaya usted a saber, pero llegó el momento en que la muerte se lo llevó para que le chiflara la misma canción que le cantaba en vida:




“La muerte tras la ventana está merodeando

y con su guitarra entona cantos de antaño

me dice que mis asuntos

mejor los vaya ordenando

lo mismo es vivir un día que un ciento de años”




“La muerte me enamora con sus falacias

me sigue hasta la laguna en lancha florida

vivir es una desgracia

con el alma dividida

pero a la cabrona muerte le causa gracia”




Y el pajarito rebasó todos los límites permitidos por el señor alcohol. Y el pajarito murió, como ya les había dicho. Los amigos fueron los primeros que llegaron, perdón, ellos lo llevaron a su casa bien fundido, porque según dijeron, luego de terminar con dos botellas de alcohol del 99º de tapa roja, se quedó dormido. Allá por la madrugada cuando el frío arreció, lo quisieron despertar para que se tapara con su mugrienta chamarra y está más frío que las paletas de la paletería “el volcán”.

Lo llevaron a casa de su hermana y lo comenzaron a velar, como no tenían para la caja, lo enredaron en un petate y en medio de una habitación de adobe lo pusieron en el suelo rodeado con flores del monte y unas veladoras de cebo de tlacuache. Luego consiguieron una lata de alcohol para recibir a los que llegaran a acompañar al difunto, mientras su círculo de amigos juntaron unas tablas viejas que agarraron de un chiquero de puercos cuinos -que aventaron pal' monte- y formaron una media caja para meter al pajarito.

Y llegaron las anécdotas del pajarito.

Decían que cuando se ponía borracho, le entraba la melancolía y se ponía bien sentimental porque nunca conoció el sentimiento de tener a una mujer, porque siempre se dedicó con toda su voluntad a hacer la voluntad del señor alcohol. Por eso nadie se la creía.

También se ponía triste porque su ídolo siempre fue “Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes Saavedra, y nunca tuvo oportunidad de leerlo porque nunca tuvo tiempo ni dinero para comprarlo, y que además eran chingaderas –decía- haber hecho ese librote. Que le hubiera costado a Cervantes haberlo hecho más pequeño y con monitos para entenderle mejor. Acaso fue culpa nuestra -continuaba el pajarito-, que a Cervantes lo hayan metido a la cárcel y como no tuvo nada que hacer se puso a escribir ese mamotreto, lo bueno fue que le mocharon una mano, si no, imagínense que hubiera escrito con la dos. - Y así terminaba el pajarito, siempre enojado con Cervantes.

Cantaron “el alabao” con toda la carga de melancolía de los borrachos y luego se fueron quedando dormidos todos.

Al día siguiente amaneció bien nublado, como queriendo llover y los familiares se paseaban nerviosos porque no llegaba el carro para llevar al pajarito al panteón de san Mauro que está en Tacámbaro como a 15 kilómetros del rancho. Pero los amigos comprometidos con la amistad del insigne difunto prometieron que se lo llevarían cargado hasta el pueblo. Agarraron primero la lata de alcohol y luego agarraron al pajarito y con todo y petate lo metieron al medio cajón que habían armado con algunos clavos, lazos, cicuas y alambres, se lo cargaron y echaron a andar pal' pueblo.

Entre cantos y lloriqueos y tragos de alcohol se fueron por las veredas pal' monte. Fueron subiendo la montaña, llegaron a “las enramadas” y descansaron un poco, casi se habían acabado la lata de alcohol. Agarraron de nueva cuenta al muerto y echaron a andar de nuevo mientras una fina lluvia comenzaba a remojar el suelo. Agarraron por una vereda desconocida a la cuesta abajo para tratar de llegar al río de san Juan antes que llegara la crecida. Fue cuando al pasar cerca de una honda barranca, por lo mojado y resbaladiso de las hojas mojadas y lodosas, se resbaló el que iba adelante, pero en lugar de soltar la caja para nada más caer él, se colgó pensando que los otros lo detendrían, fue en ese momento cuando el cajón con todo el pajarito adentro, cayó por la ladera.

Comenzaron los gritos de la hermana y de los dolientes. “agárrenlo, deténganlo por favor”, “cómo son pendejos”. Los cargadores fueron tras del improvisado féretro que iba agarrando más velocidad a la cuesta abajo, luego empezó a dar tumbos y a rodar, en cierto momento el cajón chocó contra un encino y yo creo que el chingadazo le dolió al pajarito, porque salió del cajón como si tuviera alas y se fue por su lado rodando y dando tremendos tumbos, se rompió el lazo que apretaba el petate enredado en el difunto y al pajarito nomás se le veía rodando, abriendo brecha entre las jaras, a veces caía parado, a veces de cabeza, pero no se detuvo hasta que llegó al fondo de la barranca, cayendo entre las piedras de puras nalgas.

Eran casi 100 metros hasta el fondo, los pedazos del cajón yacían en varias partes de la ladera hecho pedazos. Como pudieron los beodos amigos llegaron hasta donde descansaba el pajarito despues de tremenda soba que se puso a la cuesta abajo, lo encontraron enlodado, casi encuerado, con la naríz rota, aunque no le sangraba. No hallaban que hacer, porque sacarlo de ahí estaba bien difícil. Unos querían mejor que se hiciera un pozo y lo enterraran ahí, pero los gritos histéricos de la hermana los regresó a la realidad. Alguien llegó con un lazo largo y amarraron al pajarito por debajo de las axilas y lo fueron arrastrando entre varios cuesta arriba. Lo sacaron luego de varias horas, recogieron ahora sí que el petate del muerto, de nuevo lo enredaron y amarraron bien para que no se volviera a soltar, lo cargaron y fue así que llegaron al oscurecer con él al panteón de san Mauro. La lluvia continuaba por eso nomás llegaron lo aventaron al agujero que estaba medio lleno de agua y sin más lo taparon. Pobre pajarito, nunca en su inutil vida probó el agua y ahora luego de morir de una cruda lo avientan en un agujero lleno de agua, a ver si no le hace daño. Ni cruz le pusieron, por eso el día que fui a buscarlo no lo pude encontrar.

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