Maderas
de la sierra al arpa grande:
don
Fernando Mendoza Madrigal
Raúl Eduardo González
En
su natal rancho La Cofradía, comunidad alejada de la cabecera
municipal de Coalcomán, donde hoy radica, el pequeño Fernando, hijo
de don Everardo Mendoza y doña Margarita Madrigal, conoció la
maravilla de los árboles que pueblan la Sierra Madre del Sur, que en
pie tiñen de mil verdes y azules el panorama abigarrado de cumbres
tras cuyas lejanías se remontan, a un lado, la costa; al otro, la
bulliciosa Tierra Caliente, con el eco de su música vital. Fernando
escuchó en su más tierna edad al conjunto de la familia Ruiz, en un
rancho vecino a Cochista, el lugar donde él creció, y con sus
acordes y melodías descubrió el noble destino que aquellos
frondosos pinceles de la sierra podían alcanzar.
Fue
tal su fascinación por la música que, según se indica en su
currículum, realizado por el profesor Tomás Guerrero, “su afán
lo llevó a elaborar sus propios instrumentos y fue a la edad de seis
años cuando por primera vez con una tabla delgada conocida como
tejamanil y con cuerdas de cola de caballo elaboró una
guitarra, que desde luego no tenía resonancia, y optó por robarle a
su mamá el recipiente donde guardaba las tortillas, conocido en esta
región como balsa, y eso utilizó como caja de resonancia;
así ya pudo ponerle clavijas y el instrumento tuvo más
características de guitarra”.
Más
tarde, a los trece o catorce años, luego de ensayar con varias
guitarras de tejamanil, hizo su primera arpa, y un poco después
empezó a estudiar música y a salir a tocar con los Ruiz, con los
viejos primero y luego con los más jóvenes; para estudiar con ellos
tenía que andar por una hora, de noche, luego de haber trabajado en
el campo con su padre. Don Fernando se desempeñó como músico en
conjuntos de arpa grande, ejecutando la guitarra de golpe y el arpa
hasta hace unos diez o doce años. Gran admirador y amigo de Los
Caporales de Santa Ana, llegó a tocar también con ellos en fiestas
por los alrededores de Coalcomán, sin ser integrante formal del
grupo; tocaba “de puntada, no de compromiso”, dice.
Una
nota de prensa aparecida luego de la designación de Fernando Mendoza
como ganador del premio Estatal de las Artes Eréndira en el año
2009 señalaba que él era originario de Paracho; la impresión no
resulta extraña, pues esa población ha alcanzado fama internacional
por la calidad de sus instrumentos musicales; pero el hecho pone de
relieve asimismo que don Fernando ha tenido que forjar en buena
medida su propia tradición: ciertamente, aprendió del oficio y
sobre los instrumentos con su compadre Luis Espinosa, el célebre
laudero de San Juan de los Plátanos, hoy desaparecido, de quien don
Fernando es digno sucesor. Sus instrumentos han alcanzado fama por
méritos propios y son hoy por hoy los más procurados por los
músicos de los conjuntos de arpa de la Tierra Caliente y la costa de
nuestro estado.
Así,
Fernando Mendoza Madrigal se ha convertido en un personaje
fundamental no sólo de la laudería sino también de la música de
la región: además de su trabajo como ejecutante, ha dotado a los
conjuntos con arpas, guitarras de golpe y vihuelas ―aunque ha
construido también algunos violines―, ha reparado instrumentos
antiguos o en mal estado y de tal forma ha propiciado el que los
músicos tradicionales puedan continuar su labor, con cordófonos de
alta calidad, cada vez mejores, construidos por un hombre que ha
encontrado en la música su razón de ser y su actividad cotidiana, a
la cual se ha entregado de forma especializada desde hace 23 años.
Quien le compra un instrumento puede tener la certeza de que “no
volverá en diez o doce años” a verlo por defectos ni por
descomposturas. Don Fernando sabe que los músicos de los conjuntos
de arpa andarán con sus pertrechos al hombro recorriendo a pie y en
camioneta los caminos y brechas de la región, es consciente de que
les darán un uso constante y vigoroso, de manera que los hace con
los mejores materiales y con esmerado procedimiento, para que sean
durables, para “que desquiten el dinero que cuestan”, según lo
dice él mismo.
El
reconocimiento mayor a su trabajo se ha dado por parte de los propios
músicos terracalenteños y de la costa, quienes lo recomiendan y
reconocen que los instrumentos salidos del taller de don Fernando son
de la más alta calidad y se ajustan a los requerimientos de su
trabajo cotidiano. Su reconocimiento y aprecio se hace patente además
el 30 de mayo de cada año, cuando los músicos concurren a
felicitarlo en su santo ―conjuntos como Los Caporales de Santa Ana,
Los Hermanos Barajas, Los Hermanos Martínez, Los Terrenarios y el
Mariachi Coalcomán―, para avivar el gusto de este hombre por la
música, un gusto que él ha sabido volcar en tapas, fondos, brazos,
diapasones, palmas y clavijas que prodigan sus voces en la región,
más allá de las fronteras de esta y aun de las de nuestro país, en
el estado de California, donde los paisanos que han debido abandonar
el terruño procuran también la música que les hace recordarlo y
que les da ánimos en el éxodo que tantos michoacanos han tenido que
asumir.
Con
su afición, con su talento y con su dedicación, don Fernando se ha
propuesto que la música de arpa suene bien e, incluso, cada vez
mejor; aspira a que la afinación y la ejecución sean tareas
llevaderas para los músicos, y para ello aporta sus instrumentos
precisos y de bella factura, en el estilo tradicional de la región,
que apunta a una elegante sobriedad. Sus guitarras de golpe o jaranas
tienen tumbo, ese sonido pastoso, profundo y percutivo que los
ejecutantes aprecian; los trastes están bien ajustados, como para
que el jaranero se aventure en el diapasón con desmangues que
contrahagan melodías, tal como los viejos ejecutantes procuraban
hacer. Como las jaranas, las vihuelas no castigan a quien las
toca, a veces por muchas horas en una labor cotidiana en la que las
muñecas y las uñas agradecen la benevolencia de un instrumento con
cuerdas bien calibradas, que tengan la altura precisa respecto del
diapasón y la tapa.
Don
Fernando conoce estas exigencias desde el ámbito de los propios
músicos, y si bien se ha formado en la tradición de la laudería
regional, ha incorporado recursos de construcción en bien de los
instrumentos criollos: sus arpas, por ejemplo, son muchas de
ellas de gajos, con el fondo de tablas ochavadas, al estilo
viejo, aunque también las hace con fondo de triplay curvado, como
las más usuales hoy en día; los músicos las prefieren así, dice,
porque pueden ser de mayor tamaño y resonar más. Todas ellas tienen
en cada clavija un tope, que él llama “sostenido” y que hace las
veces de puente para las cuerdas, lo que permite que estén todas al
mismo nivel respecto del diapasón y que la afinación sea más fácil
y precisa; él señala que ideó e incorporó este recurso en las
arpas grandes de Michoacán por su propio razonamiento, aunque luego
se enteró de que las arpas jarochas tienen un elemento similar.
Asimismo, don Fernando ha dotado a sus arpas grandes con clavijas de
aluminio, más precisas al momento de afinar, que no se hinchan ni se
quiebran, y por ello los arperos de la región las prefieren así,
con la innovación desarrollada por él. Ha mantenido, por otra
parte, el trazo tradicional del diapasón de las arpas
terracalenteñas, así como las proporciones usuales ―empleando
para ellas y para las jaranas la plantillas de don Luis Espinosa―,
y con ello ha logrado mantener el sonido típico que ha alegrado los
bailes al son del tamboreo, de las arcadas, los mánicos, los trinos
y bordones, ese sonido que aderezan los músicos con su sal y
su gusto, el de los sones, jarabes, valonas, canciones y
corridos, tanto como el de los géneros de la música religiosa.
Recientemente,
ha retomado la plantilla del arpa del conjunto de los Ruiz, que ha
sido también del agrado de los músicos. Asimismo, las construye hoy
por hoy con transportadores ―cuando no le es posible conseguirlos,
pues en México no se encuentran―, o acondicionadas para que se les
puedan adaptar a las cuerdas, lo que permite al ejecutante cambiar la
tonalidad y ampliar con ello el repertorio y adecuarse con mayor
facilidad a otros tipos de conjuntos o a la tesitura de grupos o
cantantes que no ejecutan su repertorio en las tonalidades propias de
la región.
Salvo
por el pegamento, que importa de Estados Unidos, y por las cuerdas
agudas, don Fernando Mendoza construye sus instrumentos de todo a
todo: entorcha las cuerdas graves de las arpas, hace las llaves para
afinarlas, así como los adornos para las bocas de estas, de las
jaranas y las vihuelas. Emplea mayormente maderas de la región:
rabelero para la tapa ―el lugar “donde el instrumento da el
sonido”, dice―, cedro o nogal para el puntal o mástil de las
arpas, parota para la cabeza y el banco, fresnillo para el diapasón;
así como triplay de cedro o caoba para el cuerpo y los fondos de los
instrumentos.
Entregado
a la música durante toda su vida, conocedor del oficio de los
conjuntos de arpa grande prácticamente desde todos los ángulos
posibles, Fernando Mendoza Madrigal es un personaje fundamental del
quehacer artístico de la Sierra Madre y la Tierra Caliente de
nuestro estado: su gusto por la música, que le viene de nación,
ha sido el gran impulso que lo ha llevado a superarse en su destino.
Con dedicación e ingenio, ha enriquecido con los medios a su alcance
la tradición musical que late en su corazón. Su legado vive y
resuena al son de nuestra música, de su propia música, a la que don
Fernando ha hecho una sólida y empeñosa aportación. El premio
Estatal de las Artes Eréndira 2009 en el área de Artes
Tradicionales le fue conferido con todo merecimiento, para reconocer
la labor de este hombre que ha consagrado su vida al noble propósito
de hacer resonar las maderas de su tierra natal con la profunda
alegría del arpa grande.
"Don Fernando
Mendoza recibe el Premio Estatal de las Artes Eréndira 2009 de manos
de Leonel Godoy". Fotografía tomada de:
http://restaurantebarlosfarolesyurecuaro.blogspot.mx/2009_10_01_archive.html

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