miércoles, 14 de noviembre de 2012

Revista Inchátiro no. 4

Maderas de la sierra al arpa grande:
don Fernando Mendoza Madrigal


Raúl Eduardo González

En su natal rancho La Cofradía, comunidad alejada de la cabecera municipal de Coalcomán, donde hoy radica, el pequeño Fernando, hijo de don Everardo Mendoza y doña Margarita Madrigal, conoció la maravilla de los árboles que pueblan la Sierra Madre del Sur, que en pie tiñen de mil verdes y azules el panorama abigarrado de cumbres tras cuyas lejanías se remontan, a un lado, la costa; al otro, la bulliciosa Tierra Caliente, con el eco de su música vital. Fernando escuchó en su más tierna edad al conjunto de la familia Ruiz, en un rancho vecino a Cochista, el lugar donde él creció, y con sus acordes y melodías descubrió el noble destino que aquellos frondosos pinceles de la sierra podían alcanzar.
Fue tal su fascinación por la música que, según se indica en su currículum, realizado por el profesor Tomás Guerrero, “su afán lo llevó a elaborar sus propios instrumentos y fue a la edad de seis años cuando por primera vez con una tabla delgada conocida como tejamanil y con cuerdas de cola de caballo elaboró una guitarra, que desde luego no tenía resonancia, y optó por robarle a su mamá el recipiente donde guardaba las tortillas, conocido en esta región como balsa, y eso utilizó como caja de resonancia; así ya pudo ponerle clavijas y el instrumento tuvo más características de guitarra”.
Más tarde, a los trece o catorce años, luego de ensayar con varias guitarras de tejamanil, hizo su primera arpa, y un poco después empezó a estudiar música y a salir a tocar con los Ruiz, con los viejos primero y luego con los más jóvenes; para estudiar con ellos tenía que andar por una hora, de noche, luego de haber trabajado en el campo con su padre. Don Fernando se desempeñó como músico en conjuntos de arpa grande, ejecutando la guitarra de golpe y el arpa hasta hace unos diez o doce años. Gran admirador y amigo de Los Caporales de Santa Ana, llegó a tocar también con ellos en fiestas por los alrededores de Coalcomán, sin ser integrante formal del grupo; tocaba “de puntada, no de compromiso”, dice.
Una nota de prensa aparecida luego de la designación de Fernando Mendoza como ganador del premio Estatal de las Artes Eréndira en el año 2009 señalaba que él era originario de Paracho; la impresión no resulta extraña, pues esa población ha alcanzado fama internacional por la calidad de sus instrumentos musicales; pero el hecho pone de relieve asimismo que don Fernando ha tenido que forjar en buena medida su propia tradición: ciertamente, aprendió del oficio y sobre los instrumentos con su compadre Luis Espinosa, el célebre laudero de San Juan de los Plátanos, hoy desaparecido, de quien don Fernando es digno sucesor. Sus instrumentos han alcanzado fama por méritos propios y son hoy por hoy los más procurados por los músicos de los conjuntos de arpa de la Tierra Caliente y la costa de nuestro estado.
Así, Fernando Mendoza Madrigal se ha convertido en un personaje fundamental no sólo de la laudería sino también de la música de la región: además de su trabajo como ejecutante, ha dotado a los conjuntos con arpas, guitarras de golpe y vihuelas ―aunque ha construido también algunos violines―, ha reparado instrumentos antiguos o en mal estado y de tal forma ha propiciado el que los músicos tradicionales puedan continuar su labor, con cordófonos de alta calidad, cada vez mejores, construidos por un hombre que ha encontrado en la música su razón de ser y su actividad cotidiana, a la cual se ha entregado de forma especializada desde hace 23 años. Quien le compra un instrumento puede tener la certeza de que “no volverá en diez o doce años” a verlo por defectos ni por descomposturas. Don Fernando sabe que los músicos de los conjuntos de arpa andarán con sus pertrechos al hombro recorriendo a pie y en camioneta los caminos y brechas de la región, es consciente de que les darán un uso constante y vigoroso, de manera que los hace con los mejores materiales y con esmerado procedimiento, para que sean durables, para “que desquiten el dinero que cuestan”, según lo dice él mismo.
El reconocimiento mayor a su trabajo se ha dado por parte de los propios músicos terracalenteños y de la costa, quienes lo recomiendan y reconocen que los instrumentos salidos del taller de don Fernando son de la más alta calidad y se ajustan a los requerimientos de su trabajo cotidiano. Su reconocimiento y aprecio se hace patente además el 30 de mayo de cada año, cuando los músicos concurren a felicitarlo en su santo ―conjuntos como Los Caporales de Santa Ana, Los Hermanos Barajas, Los Hermanos Martínez, Los Terrenarios y el Mariachi Coalcomán―, para avivar el gusto de este hombre por la música, un gusto que él ha sabido volcar en tapas, fondos, brazos, diapasones, palmas y clavijas que prodigan sus voces en la región, más allá de las fronteras de esta y aun de las de nuestro país, en el estado de California, donde los paisanos que han debido abandonar el terruño procuran también la música que les hace recordarlo y que les da ánimos en el éxodo que tantos michoacanos han tenido que asumir.
Con su afición, con su talento y con su dedicación, don Fernando se ha propuesto que la música de arpa suene bien e, incluso, cada vez mejor; aspira a que la afinación y la ejecución sean tareas llevaderas para los músicos, y para ello aporta sus instrumentos precisos y de bella factura, en el estilo tradicional de la región, que apunta a una elegante sobriedad. Sus guitarras de golpe o jaranas tienen tumbo, ese sonido pastoso, profundo y percutivo que los ejecutantes aprecian; los trastes están bien ajustados, como para que el jaranero se aventure en el diapasón con desmangues que contrahagan melodías, tal como los viejos ejecutantes procuraban hacer. Como las jaranas, las vihuelas no castigan a quien las toca, a veces por muchas horas en una labor cotidiana en la que las muñecas y las uñas agradecen la benevolencia de un instrumento con cuerdas bien calibradas, que tengan la altura precisa respecto del diapasón y la tapa.
Don Fernando conoce estas exigencias desde el ámbito de los propios músicos, y si bien se ha formado en la tradición de la laudería regional, ha incorporado recursos de construcción en bien de los instrumentos criollos: sus arpas, por ejemplo, son muchas de ellas de gajos, con el fondo de tablas ochavadas, al estilo viejo, aunque también las hace con fondo de triplay curvado, como las más usuales hoy en día; los músicos las prefieren así, dice, porque pueden ser de mayor tamaño y resonar más. Todas ellas tienen en cada clavija un tope, que él llama “sostenido” y que hace las veces de puente para las cuerdas, lo que permite que estén todas al mismo nivel respecto del diapasón y que la afinación sea más fácil y precisa; él señala que ideó e incorporó este recurso en las arpas grandes de Michoacán por su propio razonamiento, aunque luego se enteró de que las arpas jarochas tienen un elemento similar.
Asimismo, don Fernando ha dotado a sus arpas grandes con clavijas de aluminio, más precisas al momento de afinar, que no se hinchan ni se quiebran, y por ello los arperos de la región las prefieren así, con la innovación desarrollada por él. Ha mantenido, por otra parte, el trazo tradicional del diapasón de las arpas terracalenteñas, así como las proporciones usuales ―empleando para ellas y para las jaranas la plantillas de don Luis Espinosa―, y con ello ha logrado mantener el sonido típico que ha alegrado los bailes al son del tamboreo, de las arcadas, los mánicos, los trinos y bordones, ese sonido que aderezan los músicos con su sal y su gusto, el de los sones, jarabes, valonas, canciones y corridos, tanto como el de los géneros de la música religiosa.
Recientemente, ha retomado la plantilla del arpa del conjunto de los Ruiz, que ha sido también del agrado de los músicos. Asimismo, las construye hoy por hoy con transportadores ―cuando no le es posible conseguirlos, pues en México no se encuentran―, o acondicionadas para que se les puedan adaptar a las cuerdas, lo que permite al ejecutante cambiar la tonalidad y ampliar con ello el repertorio y adecuarse con mayor facilidad a otros tipos de conjuntos o a la tesitura de grupos o cantantes que no ejecutan su repertorio en las tonalidades propias de la región.
Salvo por el pegamento, que importa de Estados Unidos, y por las cuerdas agudas, don Fernando Mendoza construye sus instrumentos de todo a todo: entorcha las cuerdas graves de las arpas, hace las llaves para afinarlas, así como los adornos para las bocas de estas, de las jaranas y las vihuelas. Emplea mayormente maderas de la región: rabelero para la tapa ―el lugar “donde el instrumento da el sonido”, dice―, cedro o nogal para el puntal o mástil de las arpas, parota para la cabeza y el banco, fresnillo para el diapasón; así como triplay de cedro o caoba para el cuerpo y los fondos de los instrumentos.
Entregado a la música durante toda su vida, conocedor del oficio de los conjuntos de arpa grande prácticamente desde todos los ángulos posibles, Fernando Mendoza Madrigal es un personaje fundamental del quehacer artístico de la Sierra Madre y la Tierra Caliente de nuestro estado: su gusto por la música, que le viene de nación, ha sido el gran impulso que lo ha llevado a superarse en su destino. Con dedicación e ingenio, ha enriquecido con los medios a su alcance la tradición musical que late en su corazón. Su legado vive y resuena al son de nuestra música, de su propia música, a la que don Fernando ha hecho una sólida y empeñosa aportación. El premio Estatal de las Artes Eréndira 2009 en el área de Artes Tradicionales le fue conferido con todo merecimiento, para reconocer la labor de este hombre que ha consagrado su vida al noble propósito de hacer resonar las maderas de su tierra natal con la profunda alegría del arpa grande.


"Don Fernando Mendoza recibe el Premio Estatal de las Artes Eréndira 2009 de manos de Leonel Godoy". Fotografía tomada de: http://restaurantebarlosfarolesyurecuaro.blogspot.mx/2009_10_01_archive.html

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