De cómo un sueño se cumple de
manera inesperada
Gabriela Rangel Cuevas
Hace
mucho, mucho tiempo en un reino lejano existió una chica algo loca y
despilfarrada, nada parecida a las princesas de los cuentos clásicos.
Su cabello tuvo muchas etapas, colores y diseños, al igual que su
ropa y sus estados de ánimo: adolescente, al fin y al cabo. Pero…
¿realmente de qué puede adolecer alguien quien no ha tenido la
verdadera oportunidad vivir? Pues en su caso, le dolía todo. Le
molestaba la lluvia, el sol, las estrellas; no le hacían gracia los
chistes, las películas ni las actividades cotidianas de las personas
de su edad; no comprendía el sentido de las falsas promesas, la
hipocresía o las mentiras. Pero dentro de toda esa apatía, a través
de las capas de desesperación disfrazada de indiferencia, había una
pequeña ilusión que pese a todo, la motivaba a seguir.
No se trataba de
encontrar un príncipe azul, verde o morado, no incluía ser ayudada
por siete lindos amiguitos ni ser salvada gracias a un zapato
confeccionado al último grito de la moda en París. No. Era algo
mucho más complicado. Ya que la vida le parecía de papel periódico,
frágil y en distintas gamas de gris, se inventaba los colores
necesarios para pintarla de alegría. Pero como el dibujo y la
pintura no eran su fuerte, prefería describir esos matices en largas
páginas. Bueno, no tan largas, pero a ella le gustaba pensar que
casi escribía novelas de ochocientas páginas sólo para subir su
autoestima. De esta forma, la joven pasaba horas escribiendo,
leyendo, borrando, releyendo, corrigiendo y aumentando todos los
desvaríos que le llegaban a la mente.
Al principio sus
letras estaban basadas en esos ideales en los que todos creemos
cuando somos jóvenes e inexpertos: amor, lealtad, amistad, honradez.
Pero esas historias eran vacías porque jamás había amado, no se
había visto en la necesidad de probar la lealtad de sus amigos ni
había sido tentada por un manjar tan grande como para dudar entre
“el bien” y “el mal”. Poco importaba esto, pues la chica
seguía escribiendo cada vez más, de tal forma que ni siquiera se
dio cuenta cuando todas las cosas que le parecían sin sentido
comenzaron a formar parte imprescindible de su vida. Los días, los
meses y los años iban pasando, sin dar mayores frutos sobre su
escritura, que igual difícilmente salía de sus libretas.
Entonces se le
presentó la oportunidad de que aquellas letras salieran de su
escondite, entre notas de química y apuntes de filosofía. Salió
una convocatoria, de cierta escuela que no traeré a la memoria
ahora, para un concurso de literatura. Los ojos de la chica se
iluminaron y se dejó llevar por la imaginación: sus textos ganarían
en todas las categorías y entonces el mundo sabría que ella, si,
ella escribía. No hace falta decir que soñó más de lo que
escribió. Pero igual pasó varios días pensando sobre qué
escribir, más días diseñando el texto, y ni se hable de todo el
tiempo que paso puliéndolo. La primer cosa por hacer fue decidir
sobre qué escribir. No es que no tuviera ideas, al contrario, esas
le sobraban. El problema era que necesitaba algo lo suficientemente
profundo como para ganar.
Se decidió por
contar la historia de un amor imposible, pues si tanto se ha hablado,
escrito y cantado sobre el amor, su cuento también podía ser sobre
el complejo y delicado amor. Para que la historia fuera dramática,
situó los hechos en un país de medio oriente y escogió por
personajes a una princesa de rasgos preciosos y a un inglés de
acento flemático. Si hizo cinco páginas sobre cómo ese amor no
llego a concretarse, fueron muchas. Pero para ella casi era una obra
maestra. De haber podido hacerlo, se habría tatuado el nombre del
cuento en letras góticas o algo así, el punto era realzar su hazaña
literaria. Total, que el cuento fue trabajado una y otra vez hasta
lograr una gema perfecta a los ojos de su creadora, forjando un
sentimiento parecido al que sintió el doctor Frankenstein cuando
tuvo a su creación completa y a la espera de vida.
Entre tanto, en otra
escuela afiliada a la del concurso de la chica se abría la misma
convocatoria para sus estudiantes, de tal forma que esas dos
instituciones junto con otras enfrentarían a sus alumnos en
distintas categorías del conocimiento, las artes y el deporte. Se
supone que el punto era fomentar dichas actividades, pero en realidad
aquello siempre se convertía en una especie de carnaval de humores.
En la segunda escuela había una amiga de la chica principiante de
escritora y la amiga se vio obligada a participar en la misma
disciplina que la protagonista de esta historia. Pero la amiga no
tenía ni un poco de cariño por las letras o al menos, no de la
forma en que la otra. Entonces la amiga le pidió que le regalara un
cuento, algo sin chiste, sólo para cumplir con la obligación.
La chica pudo decir
que no. Pudo haber animado a la amiga a que escribiera cualquier
cosa. Pudo haber fingido demencia y no ayudarla. Pero no esa no era
la primera vez que regalaba un texto cualquiera y sin chiste. Además,
ella tendría el cuento perfecto para el concurso y a la amiga la
daría uno equis. Sin contar que era básicamente imposible que se
enfrentaran a la final, pues la chica no volaba tan alto como
imaginar que llegaría hasta ese nivel. El cuento de la amiga sería
algo gracioso, pues no tenía ganas de volverse a quebrar la cabeza
para otro cuento. Cuando estaba escribiendo el cuento de la amiga,
miró por la ventana de su cuarto y vio una lombriz que se convirtió
en el motivo del cuento. La trama puede resumirse en lo siguiente: un
hombre tiene muchos vicios, tantos que en una ocasión se queda
dormido y sueña que se convierte en lombriz gracias a esos defectos
suyos, al despertar cambia sus hábitos por completo por temor a
metamorfosearse en lombriz.
La chica se divirtió
tanto escribiendo que se extendió mucho más de lo que pensaba. Fue
tan graciosa la historia para ella que no pudo evitar leerlo a su
familia, acotando las razones por las cuales ese cuento estaba
destinado a fracasar. Le rieron la gracia, ya sea porque en verdad
fuera graciosa o por seguirle la corriente… Al comparar los textos,
la chica se dio cuenta de que parecían escritos por dos personas
totalmente distintas, pues no sólo eran temas diferentes, sino que
el estilo era único en cada cuento. Se notaba que emociones y deseos
antagónicos la habían llevado a escribir justo esas palabras.
Mientras el texto de la princesa y el inglés procuraba hablar de
algo sublime, más allá de las letras que lo describían, el texto
del hombre-lombirz hacía una crítica sobre los desenfrenos de la
humanidad.
El tiempo
transcurrió, llegó la primera etapa de los concursos y para la
sorpresa de la chica y la amiga, ambos cuentos pasaron a la siguiente
ronda. La chica era feliz, pero lo fue más cuando ambos cuentos
pasaron la segunda fase. Pero la felicidad se convirtió en agridulce
cuando la última etapa finalizó y sus dos cuentos se enfrentaron.
Ella deseaba con todas sus fuerzas que la princesa y el inglés
siguieran triunfando, al tiempo que un vago temor le embargaba ante
la posibilidad de que los jueces descubrieran el engaño. No ganó el
primer lugar, ni el segundo: fue el tercero. Pero no fue con su
cuento legítimo, sino con el del hombre-lombriz. La frustración
cayó sobre ella de una forma en la que jamás imagino que pasaría.
No es que hubiera esperado ganar el primer lugar, pero creía que su
mejor cuento era el trabajado y no el que había regalado.
Todas las personas –
amigos o no – que se enteraron de lo que había sucedido se rieron
de sobremanera de la chica, pues había ganado y a la vez no. La
amiga tendría un gran cuadro con su nombre grabado en reconocimiento
por el cuento y ella en cambio tendría sólo la satisfacción de
haberse ganado a sí misma. Paso mucho tiempo antes de que la chica
se diera cuenta de que el destino le jugaba una mala pasada de la que
tendría que aprender, pues la literatura, al igual que casi todas
las cosas hermosas en la vida, se crea con trabajo, si, pero también
con amor verdadero.

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