miércoles, 14 de noviembre de 2012

Revista Inchátiro No. 6


De cómo un sueño se cumple de

 manera inesperada

Gabriela Rangel Cuevas


Hace mucho, mucho tiempo en un reino lejano existió una chica algo loca y despilfarrada, nada parecida a las princesas de los cuentos clásicos. Su cabello tuvo muchas etapas, colores y diseños, al igual que su ropa y sus estados de ánimo: adolescente, al fin y al cabo. Pero… ¿realmente de qué puede adolecer alguien quien no ha tenido la verdadera oportunidad vivir? Pues en su caso, le dolía todo. Le molestaba la lluvia, el sol, las estrellas; no le hacían gracia los chistes, las películas ni las actividades cotidianas de las personas de su edad; no comprendía el sentido de las falsas promesas, la hipocresía o las mentiras. Pero dentro de toda esa apatía, a través de las capas de desesperación disfrazada de indiferencia, había una pequeña ilusión que pese a todo, la motivaba a seguir.
No se trataba de encontrar un príncipe azul, verde o morado, no incluía ser ayudada por siete lindos amiguitos ni ser salvada gracias a un zapato confeccionado al último grito de la moda en París. No. Era algo mucho más complicado. Ya que la vida le parecía de papel periódico, frágil y en distintas gamas de gris, se inventaba los colores necesarios para pintarla de alegría. Pero como el dibujo y la pintura no eran su fuerte, prefería describir esos matices en largas páginas. Bueno, no tan largas, pero a ella le gustaba pensar que casi escribía novelas de ochocientas páginas sólo para subir su autoestima. De esta forma, la joven pasaba horas escribiendo, leyendo, borrando, releyendo, corrigiendo y aumentando todos los desvaríos que le llegaban a la mente.
Al principio sus letras estaban basadas en esos ideales en los que todos creemos cuando somos jóvenes e inexpertos: amor, lealtad, amistad, honradez. Pero esas historias eran vacías porque jamás había amado, no se había visto en la necesidad de probar la lealtad de sus amigos ni había sido tentada por un manjar tan grande como para dudar entre “el bien” y “el mal”. Poco importaba esto, pues la chica seguía escribiendo cada vez más, de tal forma que ni siquiera se dio cuenta cuando todas las cosas que le parecían sin sentido comenzaron a formar parte imprescindible de su vida. Los días, los meses y los años iban pasando, sin dar mayores frutos sobre su escritura, que igual difícilmente salía de sus libretas.
Entonces se le presentó la oportunidad de que aquellas letras salieran de su escondite, entre notas de química y apuntes de filosofía. Salió una convocatoria, de cierta escuela que no traeré a la memoria ahora, para un concurso de literatura. Los ojos de la chica se iluminaron y se dejó llevar por la imaginación: sus textos ganarían en todas las categorías y entonces el mundo sabría que ella, si, ella escribía. No hace falta decir que soñó más de lo que escribió. Pero igual pasó varios días pensando sobre qué escribir, más días diseñando el texto, y ni se hable de todo el tiempo que paso puliéndolo. La primer cosa por hacer fue decidir sobre qué escribir. No es que no tuviera ideas, al contrario, esas le sobraban. El problema era que necesitaba algo lo suficientemente profundo como para ganar.
Se decidió por contar la historia de un amor imposible, pues si tanto se ha hablado, escrito y cantado sobre el amor, su cuento también podía ser sobre el complejo y delicado amor. Para que la historia fuera dramática, situó los hechos en un país de medio oriente y escogió por personajes a una princesa de rasgos preciosos y a un inglés de acento flemático. Si hizo cinco páginas sobre cómo ese amor no llego a concretarse, fueron muchas. Pero para ella casi era una obra maestra. De haber podido hacerlo, se habría tatuado el nombre del cuento en letras góticas o algo así, el punto era realzar su hazaña literaria. Total, que el cuento fue trabajado una y otra vez hasta lograr una gema perfecta a los ojos de su creadora, forjando un sentimiento parecido al que sintió el doctor Frankenstein cuando tuvo a su creación completa y a la espera de vida.
Entre tanto, en otra escuela afiliada a la del concurso de la chica se abría la misma convocatoria para sus estudiantes, de tal forma que esas dos instituciones junto con otras enfrentarían a sus alumnos en distintas categorías del conocimiento, las artes y el deporte. Se supone que el punto era fomentar dichas actividades, pero en realidad aquello siempre se convertía en una especie de carnaval de humores. En la segunda escuela había una amiga de la chica principiante de escritora y la amiga se vio obligada a participar en la misma disciplina que la protagonista de esta historia. Pero la amiga no tenía ni un poco de cariño por las letras o al menos, no de la forma en que la otra. Entonces la amiga le pidió que le regalara un cuento, algo sin chiste, sólo para cumplir con la obligación.
La chica pudo decir que no. Pudo haber animado a la amiga a que escribiera cualquier cosa. Pudo haber fingido demencia y no ayudarla. Pero no esa no era la primera vez que regalaba un texto cualquiera y sin chiste. Además, ella tendría el cuento perfecto para el concurso y a la amiga la daría uno equis. Sin contar que era básicamente imposible que se enfrentaran a la final, pues la chica no volaba tan alto como imaginar que llegaría hasta ese nivel. El cuento de la amiga sería algo gracioso, pues no tenía ganas de volverse a quebrar la cabeza para otro cuento. Cuando estaba escribiendo el cuento de la amiga, miró por la ventana de su cuarto y vio una lombriz que se convirtió en el motivo del cuento. La trama puede resumirse en lo siguiente: un hombre tiene muchos vicios, tantos que en una ocasión se queda dormido y sueña que se convierte en lombriz gracias a esos defectos suyos, al despertar cambia sus hábitos por completo por temor a metamorfosearse en lombriz.
La chica se divirtió tanto escribiendo que se extendió mucho más de lo que pensaba. Fue tan graciosa la historia para ella que no pudo evitar leerlo a su familia, acotando las razones por las cuales ese cuento estaba destinado a fracasar. Le rieron la gracia, ya sea porque en verdad fuera graciosa o por seguirle la corriente… Al comparar los textos, la chica se dio cuenta de que parecían escritos por dos personas totalmente distintas, pues no sólo eran temas diferentes, sino que el estilo era único en cada cuento. Se notaba que emociones y deseos antagónicos la habían llevado a escribir justo esas palabras. Mientras el texto de la princesa y el inglés procuraba hablar de algo sublime, más allá de las letras que lo describían, el texto del hombre-lombirz hacía una crítica sobre los desenfrenos de la humanidad.
El tiempo transcurrió, llegó la primera etapa de los concursos y para la sorpresa de la chica y la amiga, ambos cuentos pasaron a la siguiente ronda. La chica era feliz, pero lo fue más cuando ambos cuentos pasaron la segunda fase. Pero la felicidad se convirtió en agridulce cuando la última etapa finalizó y sus dos cuentos se enfrentaron. Ella deseaba con todas sus fuerzas que la princesa y el inglés siguieran triunfando, al tiempo que un vago temor le embargaba ante la posibilidad de que los jueces descubrieran el engaño. No ganó el primer lugar, ni el segundo: fue el tercero. Pero no fue con su cuento legítimo, sino con el del hombre-lombriz. La frustración cayó sobre ella de una forma en la que jamás imagino que pasaría. No es que hubiera esperado ganar el primer lugar, pero creía que su mejor cuento era el trabajado y no el que había regalado.
Todas las personas – amigos o no – que se enteraron de lo que había sucedido se rieron de sobremanera de la chica, pues había ganado y a la vez no. La amiga tendría un gran cuadro con su nombre grabado en reconocimiento por el cuento y ella en cambio tendría sólo la satisfacción de haberse ganado a sí misma. Paso mucho tiempo antes de que la chica se diera cuenta de que el destino le jugaba una mala pasada de la que tendría que aprender, pues la literatura, al igual que casi todas las cosas hermosas en la vida, se crea con trabajo, si, pero también con amor verdadero.

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